Sé que mi blog lo quise dedicar más que todo a la maternidad (y la salud bucal) pero es que yo no podría ser la mamá que soy gracias a una persona que tengo al lado: mi esposo.
Mucho se habla de los sacrificios de la maternidad, y todos los cambios que tenemos después de un embarazo. Pero hoy quiero dedicarle esto a él, que aunque no sufrió los cambios hormonales, no llevó 30 libras extras por 9 meses ni tuvo que pasar por un parto o dos cesáreas con su cuerpo; decidió simplemente estar, aprender a ser papá y a convertirse en una mejor versión de si mismo sólo por el bienestar de cuatro personitas que trajimos a este mundo juntos.

A ti, José, te vi cambiar. No de golpe, sino de esa manera quieta y poderosa en que cambian las cosas que importan de verdad. Te vi pasar de ser mi compañero del día a día a ser también su papá y en ese tránsito descubrí una versión tuya que no conocía, y que ahora no concibo no tener. Eres el mismo hombre del que me enamoré, y al mismo tiempo eres mucho más de lo que siempre pedí.
No eres el papá perfecto. Y justo eso es lo que hace que todo sea perfecto. Porque te equivocas, y lo reconoces. Porque hay días en que la paciencia se agota y aun así te quedas. Porque corriges el rumbo sin perder la ternura, y eso — eso no es poca cosa. Tu estás de verdad: con la mente, con el cuerpo, con el corazón. Los cuatro lo saben. Lo sienten. Y lo van a llevar consigo toda la vida.
He visto cómo te buscan. Cómo corren hacia ti cuando llegas. Cómo tu voz los calma y tu risa los contagia. He visto cómo escuchas, aunque estés cansado. Cómo pides perdón cuando te equivocas, porque les estás enseñando algo que muchos no aprenden: que reconocer el error no te hace menos, te hace más. Esas cosas pequeñas que quizás tú no notas son las que van construyendo a cuatro hombres el día de mañana.

Entre todo esto hay algo que no esperaba: lo mucho que me ha impactado verte ser papá. La manera en que cuidas a nuestros hijos, juegas con ellos, los corriges y los haces sentir queridos es algo que admiro profundamente.
Verlos juntos me llena de felicidad y también me ha ayudado a ver algunas cosas desde una perspectiva diferente. Me encanta que nuestros hijos puedan crecer sintiéndose tan amados y seguros contigo.
Gracias por demostrar el cariño en voz alta. Por no dar por sentado que se sabe. Por decirlo, por hacerlo, por repetirlo hasta que quede grabado en ellos para siempre. Gracias por ser el tipo de papá que abraza, que pregunta cómo estuvo el día y escucha de verdad la respuesta. El que aparece en los momentos que importan y también en los ordinarios, porque entiendes lo mucho que cuentan.

Criar a cuatro hijos no es fácil. Hay caos, hay ruido, hay días en que todo se siente demasiado y los dos llegamos al límite. Pero también hay una mesa llena, hay risas que rebotan en las paredes, hay cuatro pares de ojos que nos miran y aprenden de lo que somos juntos. Y en medio de todo ese hermoso desorden, te veo a ti: imperfecto, presente, real, completamente nuestro.
No cambiaría nada. Ni el cansancio, ni los días difíciles, ni las veces que ninguno de los dos supo bien cómo hacerlo. Porque todo eso también nos hizo. A nosotros como pareja, a nosotros como familia. Y lo que hemos construido — lo que seguimos construyendo — es algo de lo que me siento profundamente orgullosa.
Gracias por compartir conmigo este camino de la maternidad. Por no dejarme sola en él. Por hacerlo tuyo también, sin condiciones. Por ser el compañero con quien quiero seguir mirando crecer a estos cuatro seres que tanto amamos.
Este camino, solo lo haría contigo.
Te amo.

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